domingo, 3 de noviembre de 2013

De regalo para ti, un cuento...

El pobre anhela riquezas. 
El rico ansía el cielo. 
El sabio aspira a una mente sosegada. 
(Swami Rama) 

  Se dice en la India que cuando un pobre se encuentra con un santo, lo primero que mira en éste son sus bolsillos. 
  Tal afirmación nos recuerda que aquella persona que no ha satisfecho sus necesidades básicas, no ve la felicidad en otra cosa que no sea el oro en cantidad suficiente como para sacarlo de sus problemas. 
  Pretender que un mendigo se interese por la deforestación del Amazonas es hablar un lenguaje que ni entiende ni le importa. El llamado “pobre” no es tan sólo el que carece de bienes y riquezas. En realidad, la pobreza no está en los bolsillos, sino que más bien se encuentra entre las orejas. 


  Hay personas con bienes a su nombre y una buena renta que viven en un programa mental de escasez y de carencia. La pobreza es una actitud frente a la vida que, con frecuencia, no tiene relación directa con la cantidad de monedas. Se trata de un modelo, a menudo, heredado de un progenitor con mentalidad de estrechez y miseria. 
  Uno es rico cuando experimenta conciencia de abundancia. Un programa mental que, aunque al principio no esté refrendado con propiedades, más tarde o más temprano, la vida termina por confirmar. El que se “siente rico” y fluye sin tensión ante el pago de sus cuentas, encuentra con el tiempo la manera de satisfacer las necesidades que requiera. La riqueza comienza en la mente y más tarde sucede en la materia. Cuando uno ya es rico en la mente y además en las rentas, confirma que el dinero resuelve sus necesidades y muchos deseos, pero no elimina sus miedos, sus inquietudes y el anhelo de que le quieran. Y entonces desea El Cielo, eso que no se puede comprar, ni con euros ni con pesetas. 
  Un espacio de paz y salud en el que supone poder dormir sin pastillas y a pierna suelta. El verdadero rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita. Sin duda, la no necesidad es un estado mental que nos convierte, sobre todo, en ricos por dentro y sabedores de la belleza interna. Se trata de personas que han aprendido a ajustar prioridades y señalar las cosas que, de verdad, a todos interesan. 
  El sabio ya ha desmitificado el poder hechizante del último modelo y el bienestar prometido de la imponente casa en la costa. La sabiduría mira hacia dentro y lo que ve son estados de conciencia, tanto de agitación y ansiedad, como de sosiego y calma. Estados mentales que ya no dependen de jarrones ingleses y alfombras persas. En realidad, cuando nos encontramos a punto de adquirir algo que vehementemente deseamos, sentimos una inmensa alegría. Pero si miramos en profundidad lo que de verdad deseamos, no es tanto la cosa en sí, como el satisfactorio estado emocional que suponemos nos proporcionará el disfrute de la misma. De hecho, pasados unos días, ya no produce el mismo efecto de complacencia en nuestra mente, por lo que, incluso, la abandonamos. 
  El sabio opta por el sosiego de su mente y la apertura de su consciencia, sabiendo con certeza que son los dos grandes pilares de la verdadera riqueza. Las personas sabias, mientras hacen circular la cantidad justa y adecuada de dinero, cultivan el jardín de su interior y expanden al Universo su mirada. Sus vidas tienen sentido porque comprenden cada instante que pasa. Hace ya tiempo que aprendieron a enfocar la atención allí donde la vida les llamase e hiciesen falta. 

 Texto perteneciente al libro del autor: "Inteligencia del alma" Jose Maria Doria